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DIARIO LA REPUBLICA
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28 de Febrero de 2006
Estados Unidos: un hueso duro de roer
 

Rosalba Cubillos F.

Hasta el último minuto, la negociación del TLC con Estados Unidos se convirtió en un final de infarto. Fueron necesarios 626 días, incluidas muchas horas extras, para que Colombia y Estados Unidos terminaran un Tratado que, si no hay variación en los cronogramas previstos, debería comenzar a rodar el primero de enero de 2007.

Eso, si lo permiten los Congresos de los dos países, pues de lado y lado se avizora una dura cruzada que viene siendo ambientada por varios detractores y líderes de sectores que desde ya se sienten perdedores.

El imprevisto viaje del Presidente Álvaro Uribe a Washington, para muchos fue clave y arriesgado desde el punto de vista político, pero no suficiente.

En la última semana de discusiones el equipo colombiano se tuvo que debatir entre el rigor de la contraparte estadounidense y la incertidumbre creciente de los voceros de los sectores de mayor riesgo.

Tan histórico como el proceso en sí, que cobró vida el 18 de mayo de 2004, también será recordada la extenuante jornada de los dos últimos días, principalmente el sábado cuando comenzó una serie de anuncios sobre el reinicio de las conversaciones con miras a dar una respuesta definitiva.

Primero se dijo que el cierre sería el sábado 25 a la media noche, posteriormente se postergó para las 7 de la mañana del domingo 26, más tarde se modificó la hora para las 11 de la mañana, luego se habló de las 3 de la tarde, después de las 4 y una vez más se aplazó para las cinco.

Finalmente algunos de los del “cuarto de al lado” dijeron que iba hasta la madrugada del lunes.

Los escenarios fueron la oficina comercial de Colombia en Washington y el hotel Double Tree Hilton.

Allí, ni las gotas de valeriana ni las infusiones de hierbas fueron suficientes para calmar los nervios que se vieron alterados en muchos momentos por culpa de la coordinadora estadounidense para el tema agropecuario, Mary Latimer, a quien la contraparte decidió bautizar como “la doctora no” por sus constantes negativas a las propuestas de los negociadores colombianos.

La actitud de Latimer no fue improvisada y su “no” permanente no era cuestión de terquedad. Detrás de esto siempre estuvo el antecedente de lo que ha significado la defensa a ultranza de los subsidios y ayudas que ese país otorga a sus productores y que en todos los Tratados han sido bien defendidos.

No en vano, hasta el final del proceso hizo poco eco la sonada frase del presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), Rafael Mejía: “Queremos acceso real y gradualidad para nuestros productos”.

Desde el comienzo de la negociación, la entonces jefa del equipo de los Estados Unidos, Regina Vargo, fue categórica al decir que el tema de los subsidios sólo se trata en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Lo cierto es que al interior de la mesa agrícola, pese a sus argumentos en torno a los subsidios, los estadounidenses se opusieron desde un comienzo a la propuesta de las franjas de precios. A la categórica negación, los andinos no cesaron de insistir en que las franjas eran su único mecanismo de protección ante las controvertidas ayudas de EE.UU. a sus productores.

Comienza el forcejeo

Con excepción de las dos primeras rondas (Cartagena y Atlanta), las demás siempre se caracterizaron por hechos que sacaron a relucir el talante y la astucia del equipo dirigido por Regina Vargo.

La primera salida de los estadounidenses se dio en Lima al comienzo de la tercera ronda (26 al 30 de julio de 2004). El episodio tuvo lugar en el Hotel Sheraton de la capital peruana. Allí, luego de una acalorada discusión, los negociadores colombianos de la mesa de propiedad intelectual decidieron pararse ante el veto que los norteamericanos pusieron al consultor argentino Carlos María Correa, quien hasta ese momento tenía asiento en la mesa.

Y comenzaron los movimientos. En esa misma ronda el equipo colombiano da a conocer su propuesta de desgravación para los bienes industriales y los agropecuarios. Terminó la tercera ronda y con ella se dio paso al desencanto y las caras largas de los miembros del “cuarto de al lado”, a quienes el gobierno les señaló al final de esa ronda que “las posiciones siguen siendo distantes”.

Tratado en el ojo de huracán

La negociación del TLC ni siquiera se salvó de la fuerza de la naturaleza. Justo la cuarta ronda (del 13 al 17 de septiembre de 2004) coincidió con una tormenta tropical. Por esos días la isla de Puerto Rico se vio azotada por el huracán Jeanne.

Todo ocurrió en Fajardo (a unos 40 kilómetros de San Juan de Puerto Rico). El encuentro se desarrolló en medio de inundaciones del Hotel El Conquistador, donde pese a la elegancia y sofisticación del lugar, sus administradores se vieron a gatas para resolver los cortes de luz, de teléfono, las alarmas de incendio y hasta la falta de comida, que en algún momento se dio por no tener fluido eléctrico.

Pese a todo, equipos negociadores, empresarios y congresistas se las ingeniaron para continuar con las discusiones. La imagen del ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero, con los tenis mojados y los pantalones arremangados, se convirtió en el reflejo de la presión que se estaba ejerciendo en el TLC, en este caso por la misma naturaleza.

En esa ronda, la otra “tormenta” fue protagonizada por el equipo negociador de los Estados Unidos al poner en la mesa la propuesta de querer llegar con ropa, autopartes y otros productos usados.

En medio de la incomodidad que de ahí en adelante produjo en los andinos el retraso de las contrapropuestas de EE.UU., en la ronda de Tucson (Arizona), el jefe negociador, Hernando José Gómez, anunció a los empresarios que habría una ronda adicional a finales de enero de 2005 y que la última tendría lugar en agosto de ese mismo año en Washington.

Cartagena volvió a ser escenario de una reunión más. Allí, entre el 7 y el 12 de febrero, comenzó la que se suponía iba a ser la ronda de las decisiones, pues se asumía que era la penúltima.

Lo que viene

La negociación del Tratado de Libre Comercio con EE.UU. se movió entre el alargue de las rondas (de ocho previstas se adicionaron 7) y la negativa del equipo norteamericano que no se movió ni un ápice ante las propuestas de los andinos para sus productos hipersensibles como el arroz, los cuartos traseros del pollo y el maíz. Lo que sobreviene después de la firma del acuerdo, incluyendo los noventa días que disponen los Congresos para su aprobación, es tan incierto como la misma suerte que correrá el Tratado.