Capitalismo de casino
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Mientras Kans Küng, uno de los más importantes pensadores en el mundo, ataca lo que llama “capitalismo de casino” por la actividad especulativa en los mercados bursátiles,

el inversionista George Soros atribuye a este fenómeno las continuas crisis financieras en la economía global, a una de las cuales estaríamos asistiendo precisamente ahora. Pues bien: la validez de tales apreciaciones se confirma en la práctica. Hay consenso, por ejemplo, en torno a que los altos precios del petróleo tienen ahí, en la especulación, una de sus causas principales, sobre todo por las compras en el mercado de futuros. La misma Opep atribuye dichas cotizaciones a ese factor, más que a la oferta y la demanda.

Y qué decir del repunte espectacular en los precios de los alimentos, donde también la especulación tiene mucho que ver. En efecto la ONU, tras asegurar que hay comida  suficiente para todos mientras lanza su plan de seguridad alimentaria, afirma que el alza en cuestión es igualmente obra de la acción especulativa en los mercados de futuros.

La especulación, en fin, está presente en todos lados, desde los fondos soberanos o de inversión estatales, ya con motivos políticos de por medio, hasta otros bienes o materias primas como los metales (oro, níquel, cobre, etc.), reconocidos como activos duros por la caída del dólar. Y es una de las causas, por tanto, de la elevada inflación en el planeta.

No es de extrañar, entonces, que el citado diagnóstico de Küng y Soros, entre los de muchos otros, sea una crítica de fondo a la economía contemporánea, signada por la especulación, a la que nada le importan sus terribles consecuencias sobre los países más pobres, donde la propia ONU acaba de advertir por el hambre “en decenas de millones”.

Ni extraña, a su vez, que la crisis social crezca como espuma, haya protestas populares por doquier y se cuestione la libertad absoluta del mercado, con su respectivo flujo de capitales que se mueven a diestra y siniestra en cosa de segundos a través de los medios electrónicos, sin que nadie pueda hacer algo para evitarlo (que sería lo peor de todo).

En Colombia, además, no somos la excepción a la regla. ¿O cómo explicar la caída en los precios de las acciones cuando los balances de las empresas son positivos y los llamados fundamentales de la economía no podían estar mejor? La causa es obvia: se impone la especulación, pues numerosos inversionistas suelen pescar en río revuelto.
Para la muestra, un botón: acá no estamos libres, ni mucho menos, de los muy temidos capitales golondrina, aquellos que huyen del bajo precio del dólar y llegan a mercados emergentes como el nuestro por la mayor rentabilidad que ofrecen las tasas de interés frente a las de Estados Unidos. ¡Ni los controles impuestos aquí los han frenado!

De hecho, la especulación es el motor de la economía de mercado, en especial de los centros bursátiles, pero la crítica situación descrita muestra a las claras sus efectos devastadores, prueba cabal de la necesidad de la intervención estatal en nombre, si se quiere, de la responsabilidad social y sus fundamentos éticos que no podemos olvidar.

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