El efecto dominó
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Sin duda, la economía mundial afronta serios problemas.
La desaceleración ya es lugar común por todos lados, en ocasiones rumbo a la recesión, y para colmo de males ese menor crecimiento es atizado por el alza en tasas de interés que busca frenar la inflación impulsada por mayores precios en petróleo y alimentos. La estanflación, mejor dicho.
Ha habido un efecto dominó, claro está. A partir, sí, de la crisis hipotecaria de Estados Unidos, donde además dicha crisis continúa, se extendió incluso al sistema financiero, empieza a golpear el consumo y lleva el desempleo en cerca del 6%, la tasa más elevada en cuatro años. En cuanto al aumento del PIB, estará bordeando el 1% en 2008 y 2009.
De Europa, ni se diga. El propio Fondo Monetario, tras descartar la recesión que se plantea casi a diario en Gran Bretaña, España, Irlanda…, habla de una “desaceleración significativa”, acompañada por el enorme déficit comercial que apenas doce meses atrás era superávit. El crecimiento esperado es de sólo 1,7 y 1,2% para este año y el próximo.
Asia no es, ni mucho menos, la excepción. De China, como dijimos en pasado editorial, no es previsible que sea la locomotora de la economía mundial en la presente crisis, para reemplazar a E.U. No. Todo indica que tras los Juegos Olímpicos se harán evidentes sus dificultades, como la baja actividad industrial y el crecimiento rumbo a un dígito.
Japón, por ejemplo, empieza a entender que su recuperación, después de una prolongada recesión, fue efímera, como si volviera a aquella fase recesiva en su economía, la segunda del planeta. De hecho, mantiene su tasa de interés en apenas 0,5%, a pesar de las presiones inflacionarias, precisamente para evitar que se hunda en el estancamiento.
En general, los mercados emergentes han sentido el rigor de la crisis, según lo confirma el desplome de sus bolsas, fenómeno que aún sorprende a los expertos. América Latina, por su lado, tampoco se libró de la caída generalizada (aunque de menor impacto, por cierto), a juzgar también por indicadores como el deterioro en el clima de los negocios.
En las circunstancias descritas, no es de extrañar que Colombia refleje igualmente esa crisis, traducida, igual que en el resto del mundo, en menor crecimiento económico, o sea, en desaceleración, manifiesta en las cifras de industria y comercio, construcción, crédito, consumo, energía, etc. ¡Pasaremos del 7,5% en 2007 a cerca del 4% en 2008!
Por fortuna, el sombrío panorama internacional se ha aclarado un poco ante la caída en los precios del petróleo y las materias primas, que permite confiar en que la inflación al menos no siga disparada, mientras el dólar se ha fortalecido frente a otras monedas. Pero, ¿qué tan sostenibles serán tales fenómenos? ¿O serán pasajeros? He ahí el dilema.
Como lo es para nosotros, en Colombia, puesto que la alta inflación, generada en gran medida por causas externas, sigue su carrera galopante que subió las tasas de interés al desproporcionado 10%, sin olvidar que la revaluación del peso ha sido un enemigo de marca mayor, impulsado por la debilidad del dólar. Dios quiera, pues, que ello cambie.